Soldados de fortuna PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Jurgen Hans Loos   
Monday, 01 de December de 2008

Ulrich Shmidl

La novela histórica Soldados de fortuna

En Europa, a principios del siglo XVI, se escuchaban las historias sobre las legendarias riquezas del Nuevo Mundo. Es por ello que muchos aventureros y soldados de fortuna deciden emprender la peligrosa travesía hacia el Río de la Plata. La expedición la dirige el noble español Don Pedro de Mendoza. También el soldado bávaro Ulrich Schmidl de Straubing participa en la arriesgada aventura. Emprende el viaje por orden de su patrón, el adinerado comerciante Jakob Welser de Nuremberg, que ha equipado una nave para esta expedición.

Antes de que la expedición salga de España rumbo al Río de la Plata, el lansquenete de Straubing tiene que prestar un último servicio a su patrón. Resulta que el viejo comerciante está buscando a su  hijo bastardo, fruto de una relación amorosa con la esposa de un rico mercader de lana en Valencia. Junto con un grumete, que le sirve de intérprete, Ulrich  Schmidl viaja de Cádiz a Valencia, donde averigua que ese hijo bastardo ha abandonado la cuidad de Valencia hace años. Así comienza una búsqueda a través del interior de  España en tiempos del emperador Habsburgo Carlos I, que termina en Huélamo, un pueblo en la zona montañosa próximo a la ciudad de Cuenca. Allí conocerá por fin a Juan Romero, el hijo bastardo de Jakob Welser, que con mucho gusto dirá adiós al negocio de la lana de su madre, para poder participar en la expedición al Río de la Plata.

 

La portada de la novela histórica De IJzervreters en holandés

De IJzervreters, la novela en holandés


Seguro que teneis ganas de leer algo sobre las aventuras de Ulrich Schmidl. Por eso os adelanto el prólogo y una parte del primer capítulo de
Soldados de fortuna.

 

 

                                                               Prólogo

                                                                       Frankfurt am Main, 24 de septiembre de 1567

 

La figura fornida del hombre ocupaba casi en su totalidad el vano de la pequeña puerta. Martín Lechler levantó la vista, irritado, de su mesa de trabajo, donde se amontonaban unas pilas enormes de documentos, aunque bien ordenadas. La pequeña lámpara de aceite con su mecha humeante apenas daba la luz necesaria para poder descifrar la letra del documento que tenía delante en la repentina penumbra. Tardó unos instantes en reconocer al hombre, que ahora se acercaba con paso seguro. Su tupida barba rubia ya se mostraba canosa en algunos lugares. Dos ojos inteligentes de azul claro le miraban interrogantes, casi de manera esperanzadora. El hombre corpulento de mediana edad todavía estaba en la flor de la vida. Con cara dolorida se frotaba Martín Lechler la mano derecha manchada de tinta, ya que él era hombre de constitución fina y su visitante tenía unas manos que harían honor a un herrero. El impresor cerró rápidamente la puerta que accedía a su taller, mientras le invitaba a tomar asiento frente a él. Lechler observaba al hombre mayor. Le echaba cincuenta y muchos años. La ropa de confección cara no lograba disimular de manera efectiva el pasado del hombre. Su cuerpo musculoso, una fea cicatriz justo encima de una ceja, su forma de andar que se parecía más a una marcha militar que al paso solemne de un ciudadano acomodado, su mirada lista y penetrante ... Todo aquello era indudablemente el resultado de su dura vida soldadesca a la que había dicho adiós no hacía mucho tiempo. Evidentemente era un hombre que sabía lo que quería y al cual era mejor no engañar.

 

“Espero que haya cumplido con el plazo.”

Era más bien una pregunta, antes que una amenaza, aunque Martín Lechler se alegraba de que podía hacer aparecer del cajón de su robusta mesa de roble un pequeño libro. “Lo terminé la semana pasada. He imprimido cien ejemplares. Yo mismo estoy muy contento con el resultado final, y también Sigmund Feirabendt y Simón Hüter opinan que hay un mercado para ello. Descripciones de viajes llenos de aventuras tienen últimamente mucho éxito.”

El impresor le entregó al hombre fornido el pequeño libro. Éste cogió impacientemente, con sus grandes manos, el librito, encuadernado en becerro, que el encorvado impresor le alcanzaba por encima de la mesa. Había tenido que esperar tanto este momento. Cuidadosamente pasaba con sus dedos temblorosos las letras doradas incrustadas artísticamente en la tapa de cuero. Abrió el libro. La portada la había diseñado Jost Amman. Fue pura casualidad que hubiera conocido al joven artista el año pasado en Nuremberg. Amman ya había trabajado algunas veces para el impresor y editor Feirabendt de Frankfurt am Main. Fue él quien le puso en contacto con Martín Lechler. Dos grabados detallados de dos diferentes navegantes servían para despertar la curiosidad del lector aficionado a las aventuras. Con su dedo índice tocaba, casi acariciaba, las finas líneas del retrato a la izquierda de uno de los navegantes. Qué bien había transformado Amman su malogrado dibujo de Heinrich Paime, el orgulloso capitán de la Golondrina de Nuremberg, en una obra de arte. Al fondo, como un detalle muy minucioso, se podía observar el puerto y la primera fundación de Buenos Aires, tal y como el la había conocido, antes de que quemaran la ciudad intencionadamente. En voz alta leyó las palabras impresas en letras góticas de la última frase de la portada: “Impreso en Frankfurt am Main por Martín Lechler, editado por Sigmund Feirabendt y Simón Hüter, en el año 1567.” El ex soldado suspiró satisfecho. Su obra de toda una vida había terminado. Más de dos años le había llevado ordenar sus antiguas anotaciones y recuerdos desde hace decenas de años y convertirlos en una crónica de viaje. En realidad había escrito el libro más para sí mismo que para un gran público de lectores. También el recuerdo de tantos amigos y compañeros de lucha que había perdido durante sus viajes, lo había estimulado a terminar su historia. Los había rescatado del olvido, gracias a su crónica. Parecía ayer cuando puso pie en el continente americano como joven soldado, hace ya más de treinta años. Ahora, casi al final de su vida, recordando su vida caprichosa, se preguntó si habría participado en la expedición al Río de la Plata (*) si hubiera sabido de antemano los contratiempos que le esperarían en esa tierra salvaje y desconocida. “Una pregunta tonta,” mascullaba, al mismo tiempo que miraba al impresor con una mirada soñadora y cerraba cuidadosamente el libro. Más para sí mismo que para Lechler, añadió: “Recuerdos agradables y desagradables, hazañas y crímenes atroces, todos están descritos aquí.” Golpeaba orgullosamente la tapa de cuero de su propia creación. “De algunos hechos me arrepiento, pero, por desgracia, no se puede cambiar el pasado. Algunas veces tengo la idea de que todo ha sido en vano. Tanto derramamiento de sangre por un país tan pobre, sin riquezas dignas de mención. Quien sabe ... el futuro nos dirá.” Y después de estas últimas palabras el ex soldado se había levantado y se había despedido del impresor.

 

Martín Lechler nunca le había vuelto a ver. Sin embargo, un par de meses después, se acordó de repente del fornido soldado rubio, cuando un señor de Regensburg, ataviado con ropas muy caras, apareció en su imprenta, y le había preguntado por él. Desgraciadamente, él no podía contestar a la pregunta que le hizo. Él tampoco sabía nada del paradero de Ulrich Schmidl. Durante su viaje de vuelta de Frankfurt a Regensburg, parecía habérselo tragado la tierra. Le entregó al extraño el manuscrito escrito por Schmidl, ya que había olvidado dárselo al escritor en el momento de la entrega del libro. Después se acordaría muchas veces del ex conquistador, preguntándose si quizás hubiese vuelto al continente tan lejano que se llamaba América, y que como un imán había atraído a tantos aventureros desafortunados, que nunca jamás volverían a poner pie en el viejo continente. El impresor de Frankfurt, de figura endeble, no podía imaginarse que el soldado aventurero bávaro acabaría sus últimos días en su casa de piedra en Regensburg. Para eso le pareció demasiado intranquilo.

...

 

Así que de esta forma acabaría finalmente su vida caprichosa. Mejor que viejo y encorvado de reuma en su cama en Regensburg, una imagen que durante los últimos años le había atormentado cada vez más. Casi contento miraba a los cinco bandidos que se le acercaban gritando. Sus largos años de experiencia como soldado le hizo temer a Ulrich Schmidl que le había llegado su hora. Debía reconocer que había sido una estupidez por su parte abandonar la ciudad de Frankfurt a una hora ya tan avanzada de la tarde. Se le ocurrió que probablemente el libro recién publicado le había hecho actuar de esa manera tan temeraria. Pues, ¿qué le podía ocurrir a él? Durante veinte años había superado incontables peligros. Miró rápidamente a su alrededor. No tardaría mucho en caer la noche. En el camino ya no se veían más viajeros que él. Tenía que enfrentarse él sólo con los bien armados bandoleros, quienes, con razón, en el viajero con rico atuendo habían reconocido una presa fácil. Desenvainó su espada, al mismo tiempo que condujo su caballo casi ansiosamente hacia su destino. Sintió lo mismo que hacía unos meses, cuando entregó por fin su manuscrito a Martín Lechler. Ahora sí, dentro de unos instantes, el desenlace podía ser mucho más dramático. Pensaba vender su pellejo muy caro. Después de todo, él era Ulrich Schmidl de Straubing, un nombre que se debía llevar con orgullo.



(*) Río de la Plata: Hoy en día pertenece a Argentina, Paraguay y Uruguay.

 

La casa de Ulrich Schmidl en Regensburgo (ahora es una farmacia) 

 Vivienda de Schmidl en Regensburgo

 

 

1

 

                                                       El blasón de piedra

                                                                    Straubing, 2 de junio de 1524

 

 

El chico alto y rubio de unos catorce años cruzó apresuradamente la plaza del mercado en dirección a su casa. El maestro Hans Prommersberger no había querido acabar la clase hasta que su alumno no hubiese solucionado los problemas algebraicos que le había expuesto. Así, el joven estudiante llegaría otra vez tarde a la comida. No le importaba demasiado que su cuñada le insultara por ello, pero tenía un hambre horrible y no quería quedarse sin comer. Desde que Thomas, su hermanastro, se casó con Magdalena Schellerin, la marimandona de su mujer era la que empuñaba el cetro en casa. Su pobre madre ya no mandaba en el hogar. Debía estar agradecida de que pudiera seguir viviendo junto a su hijo Ulrich en la noble casa que daba a la plaza del mercado, después de que los recién casados inauguraran la antigua casa de Wolfgang Schmidl con una gran fiesta. Eso era la realidad: la casa de su padre Wolfgang ahora era de Thomas. Ulrich ya no se acordaba de su padre. Cuando todavía no contaba con dos años, su padre, durante uno de sus viajes comerciales a Venecia, se cayó de su caballo de manera infortunada y se mató. Su madre Thorote tuvo que cuidar sola de los tres niños jóvenes. Aunque Friedrich y Thomas eran los hijos que Wolfgang había tenido en otro matrimonio, la viuda los cuidaba como si fueran sus propios hijos. Como descendiente de más edad, Friedrich heredó todos los bienes de su padre. La repentina muerte de Friedrich hace dos años significó una gran pérdida para Thorote. Le quería mucho. Después el más joven Thomas a su vez lo heredó todo, y la situación en la casa de los Schmidl había ido a peor. Thomas había amenazado varias veces a su madrastra con echarla de su casa, aunque no lo había hecho por su hermano Ulrich. Thorote entendió que su nuera Magdalena era la causante de esas amenazas, ya que ella manipulaba al inestable Thomas. Sólo sería cuestión de tiempo hasta que cumpliera esas amenazas.

 

Escudo de armas de los Schmidl (Casa de Regensburgo) 

Escudo de los Schmidl, Casa de Ulrich Schmidl en Regensburg 

 

De repente Ulrich se paró en seco en mitad de la plaza del mercado, sorprendido por la escena que en ese momento tenía lugar delante de su casa. Todavía era muy temprano cuando esa mañana el maestro cantero Hieronymus Zimmermann llamó a la puerta para decirles que hoy colocaría el nuevo blasón de piedra. Como Thomas Schmidl le había dicho tantas veces al joven Ulrich, Schmidl era un apellido que se debía llevar con orgullo. Por eso, ya era hora que colocaran el blasón encima de la puerta principal de la casa, al igual que todas las familias adineradas de Straubing. Zimmermann había realizado una talla verdaderamente magnífica. El toro encabritado, símbolo de la familia Schmidl, había sido tallado inmejorablemente por el artesano en la piedra. Estupefacto, Ulrich observó como en ese momento su nuevo blasón fue bautizado de manera muy original por Konrad Zant. Ese presumido con su cara picada de viruelas estaba meando contra la losa, mientras que el maestro cantero y sus ayudantes no se daban cuenta de nada. Éstos habían dejado su obra de arte en el suelo, contra la pared de la casa del burgomaestre, para comer algo a la sombra de un tilo. Después de la comida se colocaría oficialmente la piedra en la fachada, en presencia del burgomaestre Thomas Schmidl.

 

Después de que Ulrich hubiera observado atónito la escena, su cara se puso roja como un tomate por la repentina cólera que sintió. Esto era infame, Konrad Zant debería pagar por ello. El descendiente de una de las familias patricias más importantes de Straubing, que durante siglos había hecho la vida imposible a los Schmidl, no podía hacer burla de su escudo de armas sin que recibiera por ello un castigo. Fuera de sí por la furia, el joven Schmidl corrió primero hacia el lugar donde se encontraba el maestro cantero Zimmermann, que bajó sorprendido su jarra de cerveza cuando el chico le cogió un martillo grande. Después Ulrich se acercó por detrás a Konrad, quien estaba haciendo gestos obscenos, mientras contemplaba contento la losa que había mojado. El martillo, arrojado de prisa, le golpeó en la sien izquierda. Sin decir ninguna palabra, Konrad se desplomó, al mismo tiempo que la herramienta pesada cayó con un fuerte golpe en la bonita talla de la cabeza del toro encabritado.

 

Donde estaba sentado el maestro Zimmermann se escuchó claramente el golpe seco del martillo de hierro en la piedra. El sonido no prometió nada bueno. Gritando, ahora también él se fue corriendo hacia el blasón de piedra. Un vistazo le valía para hacerle comprender al cincelador experimentado que su sospecha había sido acertada. El toro ya no tenía dos cuernos: uno de ellos había sido mutilado por culpa de Ulrich, mientras que una grieta de arriba hacia abajo, atravesando toda la losa, evidenciaba lo peor. La piedra ya no tenía valor. Todo su trabajo había sido en balde. Enfurecido agarró al hermano más joven de Thomas Schmidl y empezó a darle al chico, que se resistía fuertemente, una merecida paliza.

 

Los gritos del maestro cantero Hieronymus Zimmermann penetraron en el comedor de la casa patricia. Era verano y las ventanas de la fachada que daban a la plaza estaban abiertas. Magdalena Schellerin miró molesta hacia Thomas Schmidl, su marido, que acababa de empezar a comer. Thomas era bajito y moreno. Le anulaba su mujer, que era una mujerona rubia. Aunque a Thomas le habían elegido este año por segunda vez como burgomaestre de la ciudad de Straubing, en su casa era su mujer quien cortaba el bacalao. “Bueno, ya voy. Así no tendré que escuchar tus reproches.” El importante straubinguense cerró la puerta del comedor de golpe, antes de que su mujer hubiera podido espetarle una respuesta agria. Desde que se casó hace tres años con la hija del comerciante adinerado Melchior Schellerin, su vida se había convirtido en un verdadero calvario. Su joven esposa nunca estaba contenta y siempre se quejaba de algo. No hace tanto tiempo, su mujer le había incluso pegado cuando llegó borracho a casa, lo cual ocurría últimamente con más frecuencia. Y eso que le había parecido un partido tan bueno: una hija de un comerciante con una dote considerable, y además guapa. Mientras tanto había llegado al final del oscuro pasillo. Abrió la puerta maciza de la casa y miró sorprendido la escena que tenía lugar delante de él.

 

El burgomaestro pensaba separar a los dos gallos de pelea, hasta que su mirada de repente captó el cuerno mutilado del toro. No necesitó ninguna explicación para entender quien era el culpable. Esta vez su hermano se había pasado de verdad. Lo que no entendía era lo que hacía ese chico extraño en el suelo sin moverse. Un pequeño hilo de sangre escurría de su sien y teñía el suelo de rojo ... 

 

Hasta aquí, de momento, ... Espero que pronto salga la publicación en español, para que podeis seguir leyendo.

Casa natal de Ulrich Schmidl en straubing (ahora unas grandes almacenes) 
Casa de los Schmidl en Straubing 

Modificado el ( Monday, 01 de December de 2008 )
 
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